La arcilla limosa de Lo Prado no perdona un mal cálculo de losas. Acá el suelo fino retiene humedad, se expande y se contrae con los cambios de estación. Si a eso le sumamos el tránsito pesado que viene del sector industrial por la Ruta 68, el pavimento trabaja el doble. Nosotros diseñamos paquetes rígidos que no se agrietan a los dos años. Partimos siempre por la subrasante, porque en esta comuna la resistencia del suelo varía mucho entre el borde poniente y las zonas más consolidadas cerca de la Av. San Pablo. No basta con tirar concreto sobre una base granular estándar. Hay que calcular el módulo de reacción k de la subrasante, proyectar las juntas de contracción y modelar la transferencia de carga con dovelas metálicas. En obra reciente cerca del Metro Lo Prado, logramos un índice de serviciabilidad final de 4.2 manteniendo un espesor de losa de 20 cm sobre una base tratada con cemento. La clave fue el dato real del suelo, no el supuesto.
Una losa de hormigón diseñada con el k real de la subrasante de Lo Prado transfiere el 85% de la carga a la barra de dovela adyacente, duplicando la vida útil del pavimento.
